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	<title>Helios de Paz &#187; El Baul del Gato</title>
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	<description>El tiempo vale oro cuando damos...</description>
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		<title>LA CAÑADA DEL GATO</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Dec 2014 18:00:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admhelios]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<div></div> <h6 style="text-align: justify;"><span style="font-size: small;">Los tres hombres caminan en silencio por el intrincado sendero; la noche, amenazante, les sigue de cerca. La brisa fría baja de la montaña golpeándoles el rostro para advertirles del peligro. Pero los hombres siguen ascendiendo empecinadamente; en poco más de una hora llegarán al campamento, allí podrán descansar mientras los compañeros vigilan; esa esperanza les anima a continuar sin descanso; los pies cansados ya no duelen, los arneses del morral ya no tallan los hombros, el FAL se siente más liviano, el correaje con los cargadores y la automática nueve milímetros no molesta al caminar. Una quebrada más, subir una larga loma, pasar la Cañada del Gato y allí estarán entrando al campamento de Los Altos.</span> ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-size: small;"><br />
Raúl va adelante, no sólo por ser quien mejor conoce el territorio, sino por que es el más apto para ese tipo de travesía; nació en el campo y buena parte de su vida la a vivido en medio de la lucha guerrillera.<br />
Luis, el mas joven, va a la retaguardia, su suspicacia lo hace idóneo para tal encomienda; no se distrae, es capaz de distinguir los sonidos con toda claridad, mantiene un rastreo permanente del camino y sus alrededores. Nadie podría seguirlos sin ser descubierto por su mirada acuciosa, por sus oídos de murciélago.<br />
Isidro va en medio; por su parte, no reúne las condiciones del buen caminante y su vista y oído han sufrido la inevitable merma que impone el tiempo y una vida de privaciones. De sus cuarenta años ha pasado más de veinte en escaramuzas con las fuerzas del gobierno. Ha sido herido tantas veces que tiene cicatrices sobre cicatrices; ha perdido la agilidad y el aguante que por mucho tiempo tuvo. Sin embargo hoy saca fuerzas de la determinación.</span><br />
<span id="more-224"></span><span style="font-size: small;">Desde el alba están caminando casi sin parar; pasaron la noche en el campamento de La Peñita donde llegaron con las últimas luces de la tarde, desde tres distintas direcciones. Allí se conocieron, allí conversaron con el Comandante Carlos quien los envía a presentarse con el Comandante Uno en el campamento de Los Altos.</span><br />
<span style="font-size: small;">Ahora están a pocos minutos del campamento, pasan la quebrada saltando de una piedra a otra, la noche les alcanza negra y fría. Cada cual se pregunta las razones que tiene el Comandante Uno para hacerles venir de tan lejos y con tanta urgencia. Los tres hombres conocen al comandante, ninguno ha estado bajo su mando directo y aunque por distintas razones, ninguno le tiene confianza. El instinto de Raúl le dice que aquel hombre no es lo que parece; la experiencia de Isidro le hace definirlo como el prototipo del traidor y la suspicacia de Luis le a permitido pescarlo in fraganti en acciones de dudosa solvencia. La desconfianza hacia el comandante les hace desconfiar entre ellos pues ninguno sabe que tan allegados al comandante pueden ser los otros.<br />
Apenas a quinientos metros de La Cañada del Gato los tres hombres se detienen pareciera que se han puesto de acuerdo para aquella repentina parada pero el instinto de Raúl le hizo sentir la presencia del peligro, la experiencia de Isidro, que durante la marcha no ha dejado de estudiar cada detalle de los hechos, le obliga a concluir que una reunión de Jefes de Escuadra es el evento propicio para que el enemigo aseste un duro golpe al movimiento guerrillero; sin preguntárselo a sus compañeros deduce que ellos al igual que él son piezas clave en la organización, el oído de Luis ha percibido un ruido extraño que trajo la brisa desde el campamento, no puede definirlo pero de cualquier forma sabe que esta fuera de lugar.<br />
Isidro rompe el silencio para advertir a sus compañeros, en voz muy baja que hasta aquí y dadas las circunstancias han sido simples compañeros de viaje, pero en adelante él toma el mando del pequeño grupo, les explica las razones que le llevan pensar en la posibilidad de un encuentro con el enemigo. Los otros aceptan su planteamiento y señalan brevemente sus inquietudes ante los hechos; se rompe el hielo, ahora dejan ver abiertamente su desconfianza hacia el Comándate Uno; vista en conjunto, la percepción que cada uno tiene del Comandante, da un perfil adverso de aquel supuesto héroe hasta ahora cubierto de honores y de un grande e inmerecido respeto.<br />
Isidro decide dar un rodeo hacia el Este para entrar en la cañada aguas debajo de donde se une con el sendero.<br />
Raúl conoce un atajo que los lleva en poco mas de una hora al pie de un de las mesetas gemelas que forman Los Altos, están a unos seiscientos metros del campamento. Isidro escoge un rincón cárstico a orillas de la cañada para ocultarse entre las peñas y descansar mientras esperan ver si hay alguna movilización militar en el área.</span><br />
<span style="font-size: small;">Raúl toma la primera guardia y sé aposta entre dos moles caliza desde donde aprecia perfectamente el curso empinado de la cañada. Así transcurre otra hora sin que se perciba ni el más leve movimiento; algo anda mal está seguro, pero no puede precisar de que se trata; se siente inquieto y decide plantearle a Isidro que le permita subir por la cañada para explorar, cuando va a levantarse siente que alguien baja por la cuesta; es un hombre alto y delgado, pasa frente al vigía sin percatase de su presencia. En ese momento Raúl se levanta y se lanza sobre aquella sombra, atropellándolo a la vez que le aprisiona el cuello con el fusil. Ante el empellón el recién llegado levanta las piernas y al caer recibe un formidable apretón en el cuello que le hace perder el sentido. Ya en el piso Raúl le desanuda las botas, le quita los cordones y asegurándose de su resistencia le ata las manos a la espalda para luego arrastrarlo hasta su escondite e ir presuroso a avisarle a sus compañeros.<br />
La oscuridad no les permite ver el rostro de aquel hombre; por esto Isidro se le sienta en el pecho y cubriéndose con una cobija enciende un palito de fósforo para ver con sorpresa que se trata del Comandante Uno, quien en ese momento reacciona y exige a los tres hombres que se identifiquen. Isidro no le contesta y vacía el contenido del morral del Comandante donde encuentra un radio transmisor y varias pacas de billetes de cien dólares americanos. Como única respuesta golpea el rostro del comandante con una de las pacas y le exige una explicación del hecho de que alguien de su posición en el movimiento se movilice solo y llevando consigo una fortuna en dólares. Toda la respuesta que obtiene es una serie de amenazas sobre lo que les pasará si no le sueltan.<br />
Isidro decide trasladare al campamento para indagar lo que está pasando; teniendo bajo arresto al comandante se siente más seguro. Parte con Luis y deja a Raúl vigilando al detenido.</span><br />
<span style="font-size: small;">Nunca habían presenciado ni aun imaginado un cuadro tan terrible como el que encuentran en el campamento, por todas partes hay cadáveres hombres en su mayoría; pero también hay dos mujeres y una niña, obviamente campesinas de la comarca. No se aprecian signos de lucha, ni heridas, ni sangre; muchos con los ojos y la boca abierta. Isidro, desmoralizado, olvida toda medida de seguridad y enciende una linterna para comenzar a contar cadáveres. Treinta y ocho da la cuenta fatal; seis, la escolta del comandante, veintisiete jefes de escuadra, las dos mujeres y la niña y dos civiles muy bien vestidos con aspecto anglosajón. Otro hallazgo es un cilindro metálico de color naranja con un texto en negro escrito en ingles que Isidro no necesita entender para darse cuenta de que toda aquella gente murió a causa de la inhalación de un gas venenoso.<br />
Dos horas han tardado Isidro y Luis en apilar los cadáveres en el depósito subterráneo que ahora les servirá de panteón, sólo los dos extranjeros quedaron insepultos; bajan la gruesa y camuflada tapa y como único monumento póstumo Isidro clava en el sitio un fusil con el cañón hacia abajo; Luis pone al pie de aquel rústico obelisco una muñeca de plástico que cayó de las manos de la niña al trasladarla al improvisado sepulcro.<br />
Dos horas largas como siglos, dos horas en que los dos hombres lloran en silencio; dos horas en que, abajo en la cañada, el Comandante Uno trata por todos los medios de convencer a Raúl para que le suelte; lo intenta todo, desde ofrecerle dinero, mucho dinero, hasta señalarle que los tiempos han cambiado y que él se retira rico con el dinero que le pago un Cartel del narcotráfico por esta operación. Le confiesa en detalle como consiguió un cilindro de gas letal con dos contrabandistas norteamericanos, de cómo a las ocho de la noche se había colocado una mascara antigases y liberado el mortífero vapor aprovechando la brisa, para acabar con todos los presentes; de cómo estaba implicada la Comandancia General del Movimiento y que ya no serian una guerrilla en pos de un ideal político de igualdad y justicia social sino un brazo armado del negocio más lucrativo de estos tiempos y que para ello se hizo necesaria la eliminación de los cuadros medios del movimiento; que ahora serian una empresa de millones de dólares y que allí es donde él le puede hacer inmensamente rico. Nada logra inmutar a Raúl, escucha a aquel hombre y la única idea que viene a su mente es darle un tiro en la cabeza, en su mente no cabe que pueda ser cierto todo aquel relato.</span><br />
<span style="font-size: small;">Isidro y Luis regresan a la cañada y Raúl les refiere la confesión del Comandante, sin que sus compañeros le cuenten el horror que vieron en el campamento, comprende la verdad. Isidro a traído el cilindro de gas y una soga, alumbra con la linterna y con la punta de su cuchillo escribe sobre el cilindro: «traidor «; lo atan al pecho del Comandante mientras este grita presa del pánico, le introduce una paca de billetes en la boca hasta hacerle callar y le atan la soga al cuello con un nudo corredizo.<br />
Los tres hombres, sin decir palabra, arrastran al Comandante hasta el pie de un árbol pasan la cuerda por encima de una rama y tiran con fuerza hasta suspenderlo unos metros del piso, atan la cuerda al pie del árbol y se retiran sin ninguna misericordia mientras el traidor se balancea y se contorsiona de un lado a otro.<br />
Se acomodan entre las peñas para descansar pero a pesar de la fatiga ninguno logra dormir. Ahora comprenden que luchando contra el enemigo presente, han perdido ante el enemigo que aguarda; comprenden que el error trascendental consistió en no combatir al narcotráfico desde el principio.<br />
Al alba los tres compañeros deciden unánimemente dejarle el dinero al traidor quien bien ganado tiene todo lo que obtuvo, e inician la marcha hacia el país vecino. Ya nunca volverán a ver aquel paisaje, se sienten derrotados; caminan todo el día sorteando los peligros hasta llegar a la frontera, allí esta el río, la noche es propicia para cruzar al amparo de las sombras; se deshacen de las armas largas y los morrales, conservando sólo las pistolas y cruzan a nado el caudaloso río.<br />
Hace apenas cuarenta y ocho horas que se conocieron estos tres hombres y ahora se separan sin saber si sus caminos se volverán a cruzar, pero están consientes que desde ayer se hicieron hermanos en la tristeza de la derrota, en el vértigo del asombro, en las tinieblas de la frustración y de la ira; hermanos bajo un mismo recuerdo, hermanos ante la tragedia en la Cañada de Gato.</span></p>
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		<title>LA FLOR DE LOS PÁRAMOS</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Apr 2010 04:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admhelios]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">I<br /><br />Desde muy tierna edad, tanto que ya no lo recordaba, Esteban Gil había soñado con encontrar la maravillosa flor de los páramos. Era según le había contado su padre, en el más riguroso secreto, una hermosa flor de oro y piedras preciosas, con tan poderosas virtudes que aquel capaz de encontrarla, alcanzaría la más grande fortuna. Así se lo habían transmitido los Gil a sus primogénitos de generación en generación, desde la época de la colonia española.  ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Su tatarabuelo Don Evaristo Gil había muerto de hambre y frío en el Páramo de las Rosas. Luego de buscarlo durante meses lo encontraron sentado en un farallón, con los ojos abiertos y una leve sonrisa; de cara al poniente, como si esperara la llegada de un amigo muy querido.<br />
La escarcha le cubría las cejas, las pestañas y el bigote, dándole un aspecto de poeta romano esculpido en mármol blanco; su sombrero de pelo ahora parecía una palangana de vidrio. Tal vez, Don Evaristo en su último aliento trató de recordar como había comenzado todo esto. De seguro su mente había revoloteado por allá por los rincones del siglo XVI, cuando don Julián Gil y Ñuñez, Teniente de Lanceros de la Guardia Española acantonada en El Tocuyo a las ordenes de Carvajal; luego de perder a sus hombres en batalla contra los indios Gayones, buscando salvar su vida, sé internara en el Páramo de las Rosas, región en la cual sobrevive gracias a los auxilios de una indiecita, según él relata luego, de unos diez años de edad. Cierto es que varios meses después apareció en El Tocuyo contando la fantástica historia de la indiecita Dinira, como él la llamó, en recuerdo de la Princesa Legendaria y por no haber querido ella decirle su nombra, ni aceptar los nombres castellanos que él trató de imponerle. A pocos días de su regreso y luego de contar varias veces, como la niña le había mostrado poderes mágicos, revelándole además la existencia de una flor maravillosa y encantada, capaz de atraer grandes riquezas hacia aquel que la poseyera; fue declarado loco por un benevolente tribunal integrado por un cura franciscano, el Capitán de la guardia y el propio Carvajal. Se le hizo saber que el cargo pudo haber sido herejía, pero que si deponía su actitud de búsqueda y se cohibía de expresar sus ideas al vulgo; el tribunal se mostraría generoso para con él, otorgándole el perdón y tierras al otro lado del río, para que las trabajase e hiciera vida civil con su esposa y su pequeño hijo. Así, de un plumazo terminó la carrera militar de aquel hombre al igual que sus afanes de búsqueda, para dar comienzo a la obsesión que costó la vida de Don Evaristo y la locura y miseria de varias generaciones de los Gil.<span id="more-228"></span></p>
<p>II</p>
<p>Hacía veintidós años que Esteban conoció aquel lugar. Aún recordaba cuando vino con su padre. En aquel entonces, el camino de La Mesa era un sendero polvoriento lleno de curvas y baches. Todo había cambiado; por todas partes se veían sembradíos de papas y rebaños de ganado; se notaba cierta prosperidad en la zona. Solo el Pico Altamira estaba igual que siempre; imponente, como el guardián que anuncia la presencia de la serranía.<br />
Esteban sintió como si el Pico le preguntara la razón de su presencia allí y pensó entonces cuanta falta le hacía una excusa, pues no podía ir diciendo a todos que venía a develar un misterio, a sobreponerse a una incertidumbre o tal vez a encontrar una fortuna.<br />
Tenia que inventar algo creíble, algo para evitar que la gente le creyera loco. Pero acaso no estaba loco un hombre de treinta y cuatro años creyendo en pistoladas de flores encantadas y tesoros escondidos. Pero acaso él lo creía o su interés iba hacia terminar con una leyenda, con un mito.<br />
&#8211; Buenos días señor, ¿cómo está? &#8211; la voz de un hombre lo arrancó de sus pensamientos- ¿qué lo trae por aquí?<br />
La pregunta le tomó por sorpresa: pero Esteban acostumbrado a esta situación debido a su dedicación a la política, encontró la respuesta que buscara largo tiempo.<br />
&#8211; Bueno amigo, me encuentro por aquí haciendo los preparativos para una expedición por los páramos que busca destacar las bellezas escénicas de esta, tan importante como olvidada, zona del país.<br />
&#8211; Domitila, Domitila &#8211; grito el hombre volteando hacia el barranco &#8211; es otro de los Gil, ya llegó.<br />
&#8211; ¡Caramba! ¿Cómo es que usted sabe mi apellido? &#8211; preguntó Esteban.<br />
&#8211; Apellido&#8230; ¿Cuál apellido? &#8211; respondió el hombre con una pregunta y continuó &#8211; No señor lo que pasa es que por aquí siempre llega gente de afuera, buscando en esos páramos lo que no se le ha perdido y por costumbre los llamamos los Gil&#8230;<br />
&#8211; ¿Cómo es eso?<br />
&#8211; El último que yo recuerdo fue un italiano apellidado Manzini que vino de Valencia. Le decía a todo el mundo que era pintor y cargaba para demostrarlo sus pinturas, telas, pinceles y hasta un caballete. Anduvo por todas las serranías casi dos años y no pintó ni un cuadro. Un día por economizar subió solo, sin baquianos ni cargadores. Nunca lo volvimos a ver; no sabemos si bajó hacia los lados de Carache, si se murió o si todavía anda buscando la flor, que es a lo que vino desde un principio.<br />
&#8211; ¿Cuál flor? &#8211; preguntó Esteban con notoria inquietud &#8211; ¿Cuánto tiempo hace de eso?<br />
&#8211; Hace mucho tiempo; como unos ocho años y la flor es la que la indiecita le ofreció al español y el pobre hombre se volvió loco. Eso es lo que cuenta la leyenda. Hace unos dieciocho años dejó de venir otro. Ese si era Gil de verdad, pariente del español de la leyenda, un hombre preparado y muy decente, Carlos Gil se llamaba, Don Carlos como le decíamos porque le tomamos mucho cariño y respeto.<br />
Esteban sintió un escalofrío; aquel hombre conoció a su padre y sabía de todas las incursiones que realizó durante años.<br />
El hombre continuó su relato:<br />
&#8211; Don Carlos no volvió más; no sabemos si se murió o simplemente se cansó, o tal vez fue por no responderle a mi hermana por el muchacho que le puso; y eso de la flor como que lo llevan en la sangre, porque mi sobrino, desde cuando era un niño anda por esas serranías buscando la flor que no pudo encontrar su papá.<br />
&#8211; ¿Cómo se llama usted? &#8211; preguntó Esteban, con la segunda intención de cortar el relato de aquel hombre.<br />
&#8211; Ramón Terán, para servirle.<br />
&#8211; Bueno, me despido, volveremos a vernos uno de estos días, tal vez lo necesite como baquiano para subir desde este lado y recorrer por las filas, hasta los páramos que están más al sur. Por ahora voy a recorrer las carreteras y los caminos que bordean la serranía.<br />
&#8211; A mí siempre me consigue ahí, en la casa del barranco, donde ve ese cambural, y&#8230; dígame su nombre.<br />
&#8211; Esteban&#8230; Gil, y en verdad no sé si tengo algún parentesco con el español que usted mencionaba.<br />
&#8211; Pues que tenga buen viaje.<br />
&#8211; Gracias&#8230; Hasta luego.</p>
<p>III</p>
<p>No cabía duda, el muchacho tenia que ser su hermano, era el vivo retrato de su padre, los mismos ojos amarillo encendido, el cuerpo atlético como el que su padre mantuvo hasta muy avanzada edad: y la prueba indiscutible el lunar en forma de semilla de auyama &#8211; como habría dicho su abuela &#8211; a la mitad del cuello. Esteban no podía entender sus sentimientos; estaba parado frente al hermano que siempre quiso tener, pero no dejaba de pensar en el error que su padre había cometido. Por otra parte se reprochaba que su padre hubiera abandonado a aquel muchacho. De cualquier forma decidió ocultar su verdadera identidad y el hecho de ser Diputado de la Asamblea Legislativa. Era su segundo viaje a La Mesa y esa mañana se presentó en la casa de los Terán para contratar a Ramón como baquiano. El encuentro con el muchacho casi lo hace olvidar la razón de su visita. Pero Ramón había escuchado el motor de la camioneta cuando rugía cuesta arriba para treparse hasta la orilla del barranco donde Esteban la estacionó.<br />
Ramón subió corriendo desde el cambural, sabia desde ya lo que venia a buscar aquel hombre en su segundo viaje. Sabia que tenia trabaja para un mes, para dos, quien sabe sí más. Llegó arriba sin aliento, respiró profundo y saludó cordialmente al recién llegado:<br />
&#8211; Buenos días Doctor, ¿cómo esta? Caramba sobrino sáquele una silla para acá al Doctor para que se siente. Pase adelante está en su casa.<br />
&#8211; Y cuénteme Doctor, ¿ya se decidió?<br />
&#8211; Si, en verdad vengo para ver si me puedes acompañar y si sabes de uno o dos que nos puedan servir de cargadores.<br />
&#8211; ¡Cómo no!, cuando usted diga y por los cargadores no se preocupe. Ahí esta mi sobrino Carlos y mi compadre Jacinto Duran, que hoy mismo lo puedo mandar a buscar.<br />
De allí en adelante la conversación giró en torno a la paga, la ruta a seguir, los peligros, el mal del páramo, los lugares fantásticos que Ramón conocía y cuando se dieron cuenta les había caído la noche, Ramón y Domitila, su mujer, acomodaron un catre en la habitación de enfrente de la casa, la cual normalmente servia para almacenar la pira, recibir a los amigos en tiempo de lluvia, como comedor y cocina. Allí se acostó el visitante, pero en toda la noche no logró dormir mayor cosa. Las imágenes pasaban frente a los ojos de su mente como si pendieran de un carrusel. Su padre, el hermano recién descubierto, los cuentos que escuchó de niño sobre el abuelo Evaristo, la niña india y su flor encantada.</p>
<p>IV</p>
<p>Habían caminado durante seis horas, el sol del mediodía se dejaba sentir tenuemente, a los dos mil ochocientos metros de elevación, la brisa fría les golpeaba el rostro con fuerza. A lo lejos hacia el naciente, podían ver el Valle del Río Tocuyo y aún más lejos, se les insinuaba el Valle de Quibor, estaban en la cumbre de la Fila de Paramito, siguiendo la ruta contraria a la que cubriera el español Gil Núñez huyendo de los indios,<br />
Los cuatro hombres se sentaron para descansar un rato antes de comer algo ligero, pues deberían reanudar la marcha lo antes posible para tratar de llegar al Caserío El Cortijo antes de que se cerrara sobre ellos la noche. El ascenso hasta allí fue penoso, tuvieron que repartirse la carga varias veces porque Esteban insistió en llevar muchos equipos de acampar que a la larga comprobaría su completa inutilidad. Cada cual aprovechó el descanso como mejor le pareció; Carlos y Jacinto se tendieron en el piso húmedo para recobrar el aliento. Esteban saco su cámara Reflex 6&#215;6, la equipó con un filtro sky light y se dispuso a tomar algunas fotografías, aun cuando sabia que debido a la luz, la calidad de las tomas no prometía ser muy buena; pero se sintió obligado a hacerlo para justificar un poco el viaje. Por su parte Ramón caminaba de un lado al otro sin ninguna prisa y una vez recuperado el aliento, dirigiéndose a Esteban en un tono misterioso le dijo:<br />
&#8211; A que usted no sabe como se llama la quebrada que esta allá abajo &#8211;<br />
Esteban si que lo sabia, aparecía en los mapas que guardaba en su mochila, pero principalmente era la causa de que siguieran esa ruta, pues su padre le había puesto el nombre inspirándose allí<br />
&#8211; No, no sé &#8211; disimuló Esteban.<br />
&#8211; ¡Ah caramba!, Yo creí que si sabia, porque se llama como usted, o como si fuera suya&#8230; Quebrada de Esteban &#8211; &#8211; No me diga, apenas vengo por aquí y usted ya me está regalando una quebrada &#8211; dijo Esteban bromeando, para restarle importancia al hecho.<br />
&#8211; Será&#8230; &#8211; contesto parcamente Ramón, seguro ahora de que Esteban ocultaba algo relacionado con su identidad.<br />
Luego de comer reanudaron la marcha y llegaron con la noche a El Cortijo, donde se acomodaron en una casa abandonada propiedad de la familia de Jacinto Duran. Esta casa se convertiría en la base de operaciones del grupo, dadas las posibilidades de acceso desde Miquimbay y su cercanía a los páramos.<br />
En los diez días siguientes recorrieron a lomo de mula todos los vericuetos del Páramo de Las Rosas y sus caseríos aledaños. Al final de esa jornada Esteban se llevaba más de trescientas fotografías de lugares y gente de una belleza insospechada.<br />
En los siguientes meses ocupó más tiempo en recorrer la serranía, en hablar con la gente, en conocer la vida y penurias de aquellas comunidades que en asistir a las sesiones de la Asamblea Legislativa. Consiguió que el gobierno nacional arreglara la carretera hasta El Cortijo después de veinte años de abandono: con lo cual beneficiaba a su proyecto de búsqueda, pero sin darse cuenta facilitaba la vida a toda la comarca. Ramón lo seguía a todas partes, más seguro que nunca del parentesco que unió a Esteban con Don Carlos y de lo que lo había traído a estos montes. Pensaba desde largo tiempo, que si en verdad la flor existía y la encontraban, Esteban se la llevaría y toda la comunidad perdería la ayuda que éste de una u otra forma les proporcionaba para entonces.<br />
Ramón no podía saber que Esteban perdía progresivamente su interés por la flor, entusiasmado cada día más con las bellezas escénicas que había fotografiado una y otra vez.</p>
<p>V</p>
<p>Transcurrido un año habían recorrido cada palmo del páramo, estuvieron docenas de veces en el farallón donde muriera Don Evaristo, pero ya para Esteban no era otra cosa que un lugar con una vista hermosa hacia el poniente. Una tarde cuando se encontraban allí conversando de todo lo que había gastado en aquellas correrías &#8211; casi un tercio de todo lo que había ahorrado y recibido en herencia &#8211; de cómo había abandonado la política en su estado natal para venir a ejercerla aquí en la forma que siempre ha debido ser: sin partido y en bien de la comunidad; Esteban sintió la necesidad de sincerarse con Ramón; quien al fin y al cabo era la persona con la que él más contaba desde el principio:<br />
&#8211; Sabes Ramón, siento que todo esto no ha sido inútil, pues me hace sentirme bien. Vine, aunque te lo negué siempre, a buscar la flor que mis antepasados vinieron a buscar en estos páramos, la que mi padre Carlos Gil también buscó, sí Ramón. Don Carlos, como ustedes le decían, era mi padre y hubiese vuelto de no ser porque lo sorprendió un infarto cuando se preparaba para trasladarse a La Mesa. No sé si le iba a responder a tu hermana, y seguramente nunca lo sabremos, pero yo veré que Carlos tenga lo que por derecho de sangre le corresponde.<br />
Ramón no se mostró sorprendido, tan sólo recibía la confirmación de algo que sabía a conciencia. Sabía que Esteban buscaba al principio la flor, sabía que era hijo de Don Carlos porque sus gestos eran idénticos y sabía que tarde o temprano reconocería todo y abandonaría la búsqueda para dedicarse a ayudar a su hermano y a toda la gente con la que convivió el último año. Sabía, estaba seguro que aquel hombre creció muchísimo en la realización de todo aquel esfuerzo.<br />
&#8211; Tranquilo Esteban, que tú has hecho mucho bien por estos lados y lo seguirás haciendo, estoy seguro, porque la gente buena está para hacer el bien.<br />
Dicho esto Ramón prefirió alejarse, dejando a Esteban sentado donde Don Evaristo se sentó por última vez.<br />
El sol se empezaba a ocultar detrás de los páramos del sudoeste, Esteban observaba el crepúsculo cuando de pronto un espectáculo inusitado lo dejó perplejo.<br />
&#8211; Ramón, Ramón ven aquí pronto, mira. Encontramos la flor, mírala, esa es, esa tiene que ser, ¿No te das cuenta?. Esa es y mi tatarabuelo Evaristo la debe haber encontrado y no vivió para contarlo.<br />
Ramón corrió hasta el lugar y quedó maravillado por el espectáculo, aunque no aceptaba que esa fuese la flor. La luz del sol al pasar por un portachuelo en un páramo lejano se abría en miles de rayos de colores, parecía una rosa de montaña multicolor e iridiscente, como una fulgurante estrella posada sobre los páramos, el crepúsculo semejaba la cola de un cometa.<br />
&#8211; Pero si esa es la flor &#8211; dijo Ramón incrédulo &#8211; ¿Dónde está el oro y las piedras, donde la gran fortuna que tu familia ha buscado durante tanto tiempo?<br />
&#8211; Ahí está delante de nosotros, el oro del sol, las piedras preciosas de la luz; Esto es único y después de contemplarlo no volveremos a ser los mismos. Ya lo verás Ramón, verás que la indiecita tenía razón.<br />
Aquella tarde los dos hombres contemplaron y fotografiaron la flor, observando con atención cada cambio, hasta que se fundió con el crepúsculo para desaparecer en la oscuridad de la noche. Fue así como comprendieron lo que le pasó a Don Evaristo, quien seguramente encontró la flor cuando ya no le quedaban fuerzas para emprender el regreso.</p>
<p>VI</p>
<p>Comprobaron con el tiempo que el fenómeno se repite continuamente durante noventa días cada año. En El Cortijo y sus alrededores hace tiempo están de fiesta, la carretera engranzonada se transita cada vez con mayor facilidad, los vecinos se han integrado en una cooperativa turística y se preparan para recibir los primeros visitantes. Tienen propaganda en todas partes «No deje de visitar los páramos más bellos del país, conozca la Maravillosa Flor de los Páramos». Ramón y su familia junto con Esteban tienen un hotel en El Cortijo y un refugio en el páramo muy cerca del «Farallón de Don Evaristo Gil» desde donde se organizan paseos y excursiones en la temporada alta.<br />
Esteban siente, cada vez con mayor fuerza, que ha ganado mucho: ganó un hermano, una familia como la que nunca tuvo, el cariño y respeto de las gentes de toda la comarca y ganó al descubrir que la leyenda era cierta aunque desde el principio mal comprendida. Pero por encima de todo gana cada vez que contempla la flor, porque día a día su mundo interior se ensancha con cada atardecer y se identifica más con la niña que iba hasta el farallón tan sólo para contemplar su maravillosa flor y que aún siéndole tan preciada quiso compartirla con el invasor.</p>
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		<title>EL TEMPLETE</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Apr 2010 04:30:00 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">- A cuatro años de la muerte de Jacinto Araujo. Todavía nos preguntamos ¿Qué pasó? ¿Quién pudo cometer tan horrendo crimen? ¿Qué clase de persona es quien corta la cabeza de otro ser humano? ¡y de paso se la lleva! - Lino Sánchez conversaba con sus vecinos.<br />Aquella conversación había sido tema obligado cada vez que se encontraban dos o más vecinos del Barrio Carmelo Galán. ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Lino Sánchez no podía quitar de su mente la extraña muerte de Jacinto Araujo, como tampoco podía olvidar la misteriosa desaparición del propio Carmelo Galán, ocurrida veinte años atrás. Echo que llenó de pesar a toda la comunidad, pues Carmelo junto con Jacinto habían sido los pioneros de aquel barrio que al principio recibió el nombre de El Sacrificio. Fue hasta mucho después de la desaparición de Carmelo que la Asociación de Vecinos propuso darle al barrio su nombre, encontrando en todos los habitantes un apoyo unánime, pues aquel hombre llegado, de Colombia a principio de la década del setenta, supo ganarse el cariño de toda la gente gracias a su gran solidaridad y su trato humilde y sencillo.</p>
<p style="text-align: justify;">Nadie en el barrio tiene un mal recuerdo de Carmelo Galán, nadie que le haya conocido puede decir que no le agradece algún favor o al menos un buen consejo; hasta aquellos que no le conocieron le tienen cierta gratitud, porque en el rallado de las calles, en los árboles, en la escuela, en cada palmo del barrio se siente la presencia de aquel hombre que dedico sus mejores esfuerzos para mejorar las condiciones de vida de todos y cada uno de los vecinos.</p>
<p style="text-align: justify;">Carmelo Galán es una leyenda, hay quienes le atribuyen dotes milagrosos, y es común escuchar comentarios de que ha sido visto vagando de noche cerca del tamarindo que sembró él mismo, a orillas del zanjón. Alcibíades, el bodeguero &#8211; quien es considerado un hombre muy serio &#8211; jura haberlo visto una madrugada, rellenando el hueco que se forma cada vez que llueve, frente a su bodega.<span id="more-226"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Lino recuerda todo lo hecho; se ha convertido involuntariamente en una especie de cronista del barrio; no solo puede recordar con toda precisión la fecha en que se construyeron las aceras, las cloacas o el asfaltado, sino que ya es común que algún vecino lo busque para preguntarle la fecha en que le conectaron la luz por primera vez, si él no recuerda cuando comenzaron a llegar los recibos del agua. Lino puede contar la historia de cada uno de los habitantes del barrio que hoy por hoy superan los mil trescientos; puede contar veinticinco años de consolidación, de bautizos, de bodas, de defunciones, de peleas y enemistades.</p>
<p style="text-align: justify;">Dentro de tantos recuerdos, él siente que está la respuesta a los dos misterios que involucran a los dos fundadores del vecindario, ha llegado a convencerse que uno y otro hecho están íntimamente ligados.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; La clave &#8211; piensa &#8211; es la mujer, quien primero fue esposa de Carmelo y quien en vista de su desaparición, siete años más tarde consiguió anular el matrimonio, casándose luego de unos meses con Jacinto Araujo.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; No hay nada de malo &#8211; piensa Lino &#8211; Es fácil comprender a la Señora Elisa; para cuando desaparece Carmelo, ella andaba en los veintitrés y recuerdo lo linda que era; como será que todavía hoy se ve bien durita. Viéndolo bien fue muy paciente, y en lo de casarse con el que había sido intimo amigo de su esposo, pues tampoco indica nada malo; una mujer tan hogareña tenía que terminar casada con alguien cercano o quedarse sola el resto de su vida.</p>
<p style="text-align: justify;">Estos y muchos otros razonamientos asaltan a Lino día tras día. Desde hace años cuando montó una venta de lotería en su casa dispone de mucho tiempo para pensar. Se remonta a la desaparición de Carmelo Galán; un hombre dedicado al comercio con el éxito necesario para vivir holgado, con una esposa joven, hermosa y de buenas costumbres; con una buena casa que construyó en pocos años; solo le faltaban los hijos y un día cualquiera desaparece sin que se pueda encontrar el más mínimo rastro de él. No hay prueba de que haya muerto y mucho menos de que se haya ido pues no faltaba ni el cepillo de dientes.</p>
<p style="text-align: justify;">Luego se pasea por los hechos que rodean la muerte de Jacinto Araujo. Desde su casamiento con Elisa le había ido cada vez mejor en los negocios de compra y venta de café: pasando de tener lo necesario para vivir, hasta ser dueño de una finca de café y un secadero cerca de Quibor. Lo único que le faltaba eran los hijos para que alguien heredara la fortuna que había hecho en aquellos diez años de matrimonio. Tal vez él pensó hacer primero los bienes y luego la familia, pero alguien, con un instrumento muy filoso, lo decapitó y aún más extraño, lo único que faltaba en la casa, para cuando la Policía Judicial abrió la investigación, era su cabeza. Nunca se encontró la cabeza ni el posible motivo para tan macabro hecho y menos aún el arma homicida o el asesino.</p>
<p style="text-align: justify;">Transcurridos cuatro años todo principiaba a quedar en el olvido pero Lino se resistía a abandonar el asunto; una noche tuvo un sueño terrible: en la calle principal se veía un Templete y sobre un entarimado estaban Carmelo y Jacinto esperándole.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Acércate Lino &#8211; dijo Carmelo.<br />
&#8211; Ven, no tengas miedo, somos tus amigos &#8211; le gritó Jacinto.<br />
Lino se acercó aterrado y les pregunto:<br />
&#8211; ¿Ustedes no estaban muertos?<br />
&#8211; Estábamos y estamos muertos &#8211; le dijo Carmelo &#8211; Justamente queremos que tú nos hagas un favor para poder descansar en paz; dile a todo el barrio la verdad.<br />
&#8211; ¿Cuál verdad? &#8211; preguntó Lino; pero no tuvo respuesta. Carmelo y Jacinto se habían puesto a jugar con un grupo de niños y dos muchachas de más de veinte años.<br />
&#8211; ¿Cuál verdad? &#8211; insistió Lino &#8211; ¿Cuál Verdad? &#8211; Hasta que sus propios gritos lo despertaron.</p>
<p style="text-align: justify;">Aquel sueño trastornó su vida, sentía que ahora, más que nunca, tenía la responsabilidad de develar aquel misterio.<br />
Su vida no volvió a ser la misma hasta la noche que fueron algunos vecinos a buscarle en medio de un fuerte aguacero; el zanjón se desbordaba y corría por la calle principal. Era urgente reclamar la ayuda de los Bomberos y Defensa Civil, organizar cuadrillas de voluntarios para enfrentar la emergencia. La primera acción era desalojar las casas que daban hacia el zanjón, desde la de la Señora hasta la Bodega de Alcibíades.<br />
Subiendo por la calle principal con el agua hasta las rodillas, Lino quedó paralizado al ver el mismo Templete del sueño. Allí estaban sobre el entarimado Carmelo y Jacinto tomados de las manos con los niños y las dos muchachas, formaban una rueda y parecía que bailaban algún baile infantil. Lino cerró los ojos y al abrirlos todo aquello había desaparecido, pero siguió escuchando por un momento las risas de los niños y la voz de Carmelo diciendo:</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Esta es la noche, Lino, Esta es&#8230;<br />
Lino respiró profundo y siguió calle arriba, ayudando aquí y allá a los grupos que trabajaban para salvar las pertenencias de los vecinos. Todas las familias con gran dolor abandonaron sus casas, solamente Elisa se negó a salir de la suya; no fue hasta que llegaron los Bomberos que derribando la puerta la sacaron a la fuerza.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Pobre mujer &#8211; pensó Lino &#8211; Después de todo lo que ha pasado en La vida, que ahora se le venga a caer la casa.<br />
Pero no, la lluvia cesó las aguas del zanjón bajaron rápidamente, ninguna casa se derrumbó, solo un tramo de la pared perimetral de la casa de Elisa se había desplomado, permitiendo la entrada de gran cantidad de escombros y una gruesa capa de arena. Fue más o menos ese el informe integrada por el Jefe de los Bomberos algunos vecinos y representantes de Defensa Civil.</p>
<p style="text-align: justify;">Restaurada la calma el Presidente de la Asociación de Vecinos aprovechó para invitar a los presentes:<br />
&#8211; A participar el próximo sábado a la remoción de escombros de la casa de la Señora Elisa.<br />
&#8211; No, Gracias &#8211; contestó Elisa con la voz temblorosa &#8211; No es necesario.<br />
&#8211; ¿Cómo que no? &#8211; insistió un vecino.<br />
&#8211; Ya le dije que no &#8211; replicó Elisa notoriamente alterada.<br />
&#8211; Pero si para eso somos los vecinos &#8211; afirmó otro.<br />
&#8211; No, no, no, porque la casa es mía y no me da la perra gana &#8211; explotó en medio de sollozos.</p>
<p style="text-align: justify;">En ese momento Lino comprendió; aquel misterio se mostraba ahora ante sus ojos con toda claridad.<br />
&#8211; ¿Por qué no? Elisa. ¡Tal vez porque podríamos encontrar los cadáveres y seguramente la cabeza de Jacinto!.<br />
&#8211; ¿Cuáles cadáveres? &#8211; contestó Elisa aterrada &#8211; Yo no sé nada.</p>
<p style="text-align: justify;">El miedo de la mujer a que removieran los escombros era la pieza que le faltaba a Lino y ahí estaba. Armándose de valor llamó a la Policía Judicial y solicitó a algunos vecinos que permanecieran allí con él hasta que se aclarara todo el embrollo.<br />
La policía tardó horas en llegar, y al enterarse de la denuncia le advirtieron a Lino sobre las consecuencias que habría de afrontar caso de no poder probarse sus acusaciones. La negativa de Elisa a hablar con los detectives, les animó a solicitar una orden judicial y proceder al allanamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">A las siete de la mañana estaban en la puerta de Elisa, con todo dispuesto para escarbar hasta el último rincón. Ella al verse en aquel trance decidió confesarlo todo. Lino la escuchó en silencio, tanto o más estupefacto que los propios detectives.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Mi primer esposo, Carmelo Galán &#8211; comenzó a contar Elisa, serenamente &#8211; encontró en el solar, cuando hacía un hueco para el pozo séptico, doce botijas repletas de monedas de oro muy antiguas. Comenzó a negociarlas, no sé con quien, y con lo que le daban por ellas fue construyendo esta casa e invirtiendo de poco en poco en algunos negocios. Un día me dijo que quedaban nueve botijas. Que eso era mucho dinero y que debíamos compartirlo con la gente que lo necesitara.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces comprendí que tenía que matarlo y lo maté con un tubo. Debajo de ese almendrón grande que está en el patio, ahí lo van a encontrar. Las autoridades no investigaron nada, pues todo el mundo creyó que él me había abandonado.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron los años y yo tenía todo ese oro sin encontrar que hacer con él, casi se me habían acabado los ahorros que me había dejado Carmelo en el banco, así que le acepte las pretensiones a Jacinto Araujo y me casé con él. Era tan inocente que me creyó cuando le dije que ese oro me lo había encontrado hacía poquito y que sólo eran tres botijas. Trabajador si era; en diez años cambió las monedas en billetes y reprodujo todo eso, compró una finca, construyó un secadero y teníamos acciones y mucha plata en el banco. Pero comenzó a pedirme dos cosas que yo no quería hacer: que tuviéramos hijos y nos mudáramos para una zona residencial más elegante. Yo no iba a tener hijos para que se comieran mi plata y no podía dejar esta casa porque alguien encontraría tarde o temprano los entierros. Fue entonces cuando lo maté aquí mismo en la cocina y enterré la cabeza allí donde está esa palma de jardín. Fue de dos machetazos, el muy tonto ni supo lo que pasó; encontrarán la cabeza en una bolsa plástica y el machete a un lado.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo lo iba a enterrar completo pero me pareció que podía ser sospechoso que mi segundo marido desapareciera igual que el primero, cuando decidí no enterrarlo, ya había enterrado la cabeza.<br />
Hubo un silencio en la estancia. Seguramente los detectives se preguntaban al igual que Lino:<br />
&#8211; ¿Cómo podía aquella mujer hablar tan calmada de tales atrocidades?<br />
&#8211; Señora Elisa &#8211; dijo un detective &#8211; Dígame, ¿De qué otros entierros habla usted?.<br />
&#8211; De los niños &#8211; fue Lino quien contestó.<br />
&#8211; ¿Cuáles niños &#8211; pregunto el detective?<br />
&#8211; ¿Usted ve esos árboles que van en una sola hilera por el centro del solar? &#8211; preguntó Elisa.<br />
El detective, mirando hacia fuera, asintió.<br />
&#8211; ¡Bueno! Son siete &#8211; dijo la mujer &#8211; Debajo de cada uno va a encontrar un muchachito. Dos eran de Carmelo y los demás de Jacinto. ¡Yo me los sacaba pues!<br />
&#8211; ¡Mire Señora! &#8211; dijo el detective &#8211; Dígame, ¿Dónde está el resto de las monedas? Y terminemos de una vez con esto, que ya no quiero seguirla viendo.<br />
&#8211; Venga y le muestro &#8211; dijo Elisa muy serena, al tiempo que caminaba hacia las habitaciones.<br />
Iba por el pasillo seguida de cerca por dos detectives, cuando se desplomó una viga de soporte del techo, al parecer la inundación había minado las bases. Elisa quedó aprisionada por la viga, todos los presentes corrieron a socorrerla pero no podían hacer nada, en medio de un sin número de maldiciones exhaló su último suspiro. En la viga podía leerse garabateado con un clavo sobre el concreto cuando estuvo fresco: «Carmelo y Jacinto &#8211; Solidaridad &#8211; 1.974&#8243;.</p>
<p style="text-align: justify;">Nunca se encontró el oro, no por falta de buscadores; primero fue la policía y luego durante mucho tiempo, los vecinos. De la casa ya no queda nada en pie, pero hasta ahora el único hallazgo ha sido todo lo que Elisa confesó haber enterrado en el solar.<br />
Lino ha dejado de pensar en el misterio, ni siquiera piensa en el oro desaparecido; está seguro que un día volverá a ver el Templete y seguramente Carmelo o Jacinto le den alguna pista sobre el paradero de las seis botijas repletas de oro.</p>
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		<title>SUI</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Apr 2010 04:30:00 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Darío Lucena estaba parado bajo la sombra de un frondoso caracaro, era toda la compañía de que disponían en mitad de aquella sabana de marzo. El sol estaba en lo mas alto de la cúpula celeste - parecía el reverbero de tía Juliana - pensó Darío, mientras se secaba el copioso sudor que rodaba por su frente. El viento se había ido a soplar allá por el noroeste, en las montañas que forman el pie de la cordillera andina, tan lejos, que ni la ramita más altas del caracaro alcanzaba a verlas.  ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Todo estaba tan callado que Darío pudo escuchar su respiración y el ruido que hacían sus párpados al pestañear. Recordó haber visto alguna vez uno de esos cuarto donde meten a los locos furiosos; acolchados por todas partes, producen un silencio abismal; en aquel entonces había creído que era que ese máximo nivel de silencio, sintió estar dentro de una botella; la ausencia del sonido parecía robarse el aire. Ahora sentía que la botella aunque más grande seguía siendo botella, seguía siendo asfixiantemente silenciosa.</p>
<p style="text-align: justify;">Metió la mano en el morral para buscar los binoculares. Miró girando alrededor del árbol; solo sabana, un pastizal enorme y reseco, alguna que otra varita de mastranto emergiendo aquí y allá del tapiz verde &#8211; marrón. La sabana parecía quererse camuflar para escapar a la inclemencia del sol. Ni un ave, ni hoja movida por el viento.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; La sabana esta muerta &#8211; dijo Darío dirigiéndose al árbol.<br />
El caracaro pareció estremecer, como si un hacha gigante hubiera golpeado su pié; sus hojas parecieron iluminarse con miles de puntos de una luz muy pura y brillante.<span id="more-229"></span><br />
Darío no se percato de la extraña reacción del árbol y sentado a su pié busco en el morral una lata de sardinas y un abrelatas. A medida que la iba abriendo, la lata, le trajo a la mente la cara del Ingeniero Sánchez, Jefe del Departamento de Suelos de la Universidad, y para desdicha de Darío su Jefe inmediato.<br />
-Darío- le había dicho el Ingeniero- mañana mismo se va y recorre la zona del llano escogida para el Plan Piloto de Extensión Ganadera. El Rector quiere que hagamos un estudio detallado de los suelos.<br />
&#8211; Pero; Doctor &#8211; replicó Darío, atropellado por la noticia.<br />
&#8211; Pero Doctor nada; mañana mismo se va y busca donde establecer un campamento, o alojamiento para el Doctor Guzmán y su equipo.<br />
&#8211; Pero Doctor- replicó nuevamente Darío- yo no conozco la zona, mejor mande a Rodríguez que él si es de por allá.<br />
-Nada- contesto el Ingeniero en tono irritado- Rodríguez está muy ocupado en el asunto que recientemente le encomendé; además usted ha pasado mucho tiempo en la oficina sin hacer nada que valga la pena. Quiero que esté de regreso en una semana, con resultados. Asegúrese de conseguir donde alquilar caballos que pueden hacer falta y recuerde que aquí el que manda soy yo. Así que no se hable mas, no quiero saber mas nada de usted hasta que esté de regreso.</p>
<p style="text-align: justify;">Estaba recordando todo eso hasta que el aceite de la sardina le chorreó por el pantalón. Apartó la lata y al quitarle tapa pensó si el cerebro del Ingeniero Sánchez no fuese igual que el contenido de aquella lata. Darío le había perdido todo el respeto a medida que descubría la ineptitud del Ingeniero, quien siendo graduado en Agronomía era capaz de confundir un cultivo de tabaco en el llano con uno de papas; sin contar su total ignorancia de los ciclos de cada cultivo o la capacidad de uso de los suelos según sus características.<br />
-¡Claro!- se decía Darío- como no va a ser el jefe del departamento si tuvo el acierto de casarse con la hermana del Decano. Porque antes de eso lo que tenía era unas horas de docencia y los estudiantes lo protestaban todo el tiempo porque era evidente su poco dominio de la materia, además de no saber explicar.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Leobaldo Pérez, profesor de Fitotecnia, ese si era un Doctor de verdad y además muy buena persona- recordaba su época de estudiante en la Escuela de Agua Blanca donde se hizo Perito Agropecuario- Así es la vida, quien iba a pensar que dos personas tan distintas estudiaron juntos desde el Bachillerato y uno resultó excelente mientras el otro tan mediocre.<br />
&#8211; Oye, ¿tú comes eso?- Súbitamente una vocecita delgada como hilo y suave como terciopelo, lo despertó de sus cavilaciones.<br />
Giró en derredor, miró arriba y abajo, buscando el ser que dio origen a tan extraña voz pero no vio nada. Miró detrás del árbol&#8230; y nada. No había nadie allí.<br />
&#8211; Oye tú, estoy aquí arriba, en el árbol- insistió la vocecita- Mírame soy yo.<br />
Al mirar hacia arriba, Darío vio moverse lo que parecía una rama del árbol, escudriño más arriba tratando de ver a su interlocutor.<br />
&#8211; No, tonto aquí- le gritó la vocecita- Mira como muevo mi cabeza.<br />
Fue entonces cuando pudo ver en toda su extensión al misterioso personaje. Era una enorme culebra; de unos cuantos metros de largo y por lo menos de diez centímetros de diámetro, con una cabeza enorme, que en medio del susto le pareció más enorme.<br />
Se disponía a emprender veloz carrera cuando lo detuvo la proposición de la culebra.<br />
&#8211; Alto, no seas cobarde, yo nada te voy a hacer, sólo quiero hablar contigo.<br />
&#8211; ¿Hablar? &#8211; balbuceó Darío- Pero si las culebras no hablan.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Ji, Ji, Ji &#8211; rió la culebra- Eso crees tú; no me hagas reír que se me caen las escamas; lo que pasa es que ustedes los humanos para sentirse superiores niegan la capacidad de los demás seres. Fíjate que eso viene desde los tiempos bíblicos, donde le echaron la culpa a uno de mis antepasados por los devaneos de Eva. Claro, después inventan que no podemos hablar y así nadie cuenta la verdad. ¡Ah! Y si tu vas y dices que hablaste conmigo, entonces dicen que el sol te tostó la mollera y te volviste loco; bueno ahí si es verdad que nadie te va a creer.<br />
&#8211; No, no, déjate de pistoladas; las culebras no hablan, no tienen como hacerlo, no tienen cuerdas vocales. Tampoco los perros, ellos lo que hacen es ladrar; ni las vacas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Que bruto eres- dijo la culebra, contrariada- Nada más ayer pasó por aquí un perro y estuvimos hablando de lo agresivas que están las garrapatas en estos días. Por cierto quítate esa que tienes cerca de la oreja izquierda.<br />
Darío se pasó la mano por el cuello y efectivamente encontró la garrapata. Dirigiéndose a la culebra, con la mano extendida dijo sarcástico:<br />
&#8211; ¿Me irás a decir que estas también hablan?<br />
&#8211; ¡A mí me sacan de ese pleito! &#8211; le gritó la garrapata, con una voz que parecía salir de la punta de una aguja; a la vez que corría por la palma de la mano para lanzarse al vacío y desaparecer entre las hojas secas del piso.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Te das cuenta &#8211; dijo la culebra con cierta satisfacción &#8211; Todos los seres podemos hablar; lo que pasa es que casi siempre lo hacemos con lenguajes diferentes y por eso no nos entendemos. Por ejemplo, en el caso de ustedes los humanos, los hijos hablan un lenguaje distinto al de sus padres y cuando les toca ser padres adoptan otro lenguaje y así tampoco se entienden con sus hijos. Y lo peor de ustedes es que en general usan muchos lenguajes; cada país tiene el suyo, hasta cada región, cada religión, cada profesión tiene términos que los demás no entienden.<br />
&#8211; Es por eso &#8211; enfatizó &#8211; que nosotras, las «criaturas inferiores», no nos esforzamos en hablar con los humanos. ¿para que? ; si entre ustedes mismos tienen, ya, tantas dificultades.<br />
&#8211; ¿Comprendes ahora?&#8230; por cierto ¿Cuál es tu nombre?<br />
&#8211; Darío&#8230; Darío de Jesús Lucena y&#8230; todavía no entiendo nada.<br />
&#8211; ¡Ah! Entenderás, te lo aseguro; no en balde llevas el nombre de dos de los más grandes poetas de la historia; Rubén Darío y Jesús de Nazaret. El uno gran poeta latinoamericano y el otro el más grande poeta que haya existido en cualquier época. ¿Sabes? Los poetas cumplen la difícil función de entender la vida, de encontrar la poesía donde quiera que se halle oculta y hacerla florecer. Jesús como Rubén Darío, como tantos otros, pasan la vida dejando poesía en todos los rincones y en todas las personas. De no ser por esos grandes impertinentes; los poetas, seguramente ustedes los humanos se habrían consumido los unos a los otros hace ya largo tiempo. Tú que llevas sus nombres, no tendrás dificultad para comprender que la vida es una sola corriente infinita que recorre el universo durante un tiempo sin fronteras y que tú y yo, como este hermoso árbol no somos más que diversas formas de ella manifestarse. Y siendo parte de la misma vida, mal podríamos pensar que no podemos hablar los unos con los otros.<br />
&#8211; ¿No te parece?<br />
&#8211; No lo sé, no lo sé &#8211; musitó Darío, quien se había sentado porque las piernas no le sostenían &#8211; Yo sólo sé que los animales no hablan ni las plantas tampoco.<br />
&#8211; Mira Darío &#8211; dijo el árbol muy molesto &#8211; Conmigo no te metas, o te vas con tu música a otra parte, a ver donde consigues una sombra que te cobije.<br />
&#8211; Perdóname &#8211; dijo Darío apenado &#8211; No pretendí ofenderte.<br />
&#8211; Fíjate &#8211; dijo la culebra &#8211; ¿Tú crees en Dios?<br />
&#8211; Sí, claro que sí &#8211; contestó categórico el hombre.<br />
&#8211; ¿Ves? Ahí está el detalle, porque seguramente tú a él no le has visto y a mí me tienes aquí hablándote.<br />
&#8211; Bueno, sí, pero&#8230; &#8211; dijo Darío vacilante &#8211; es distinto, porque a mí me enseñaron desde pequeño que Dios está en el cielo, que es todo bondad, que está en todas partes y todo eso&#8230;<br />
&#8211; ¡Ajá! &#8211; lo interrumpió la culebra con un brillo de triunfo en sus ojos &#8211; y también te enseñaron que nosotras, las culebras, no hablamos y somos muy peligrosas, ladinas y traicioneras. No me extrañaría que alguno de tus maestros te hubiera dado una lista de animales perjudiciales con nosotras a la cabeza. Sin embargo aquí estamos tú y yo hablando y también está Dios, sólo que tú no lo puedes ver porque seguramente lo sigues buscando en el cielo, como si se tratara de un señor en bata, con barba blanca y pelo largo.<br />
&#8211; Bu&#8230; bu&#8230; bueno &#8211; tartamudeó Darío &#8211; lo que pasa es que tú me confundes.<br />
&#8211; No, mi amigo &#8211; dijo la culebra en tono comprensivo &#8211; Yo sólo trato de ayudarte a ver la realidad echando afuera esos prejuicios que te impiden apreciar cuan amplia es la vida; lo maravilloso que es la comunicación y la comprensión entre todos los seres. Nosotros, los que ustedes llaman animales y los que ustedes mismos llaman vegetales, entendemos la vida simple y sencilla como ella es. Aceptamos a Dios como principio de armonía que rige sobre todas las cosas y los seres. Dios es el gavilán que nos come y es la rata de monte que comemos; es el fruto del caracaro y es la vaca que lo come y es el hombre que come la vaca; es todas las criaturas del universo, es el todo absoluto en equilibrio, es el mar mojando la playa y es la playa misma. Es el terremoto y el huracán, es la vida, la interminable y trasmutada vida. Siendo la suma de todas las cosas, es imposible que lo veamos en toda su magnitud; pero sabemos que existe porque nuestro propio aliento de vida es él mismo. Y recuerda que si somos parte de algo eterno, no podemos morir, tan sólo transformarnos en otro componente de esa vida.<br />
&#8211; Ahora comprendo &#8211; afirmó Darío lleno de júbilo &#8211; Ahora comprendo muchas cosas que antes no alcanzaba ni a pensar. ¡Gracias culebra! ¡Oh perdón!, olvidé preguntar tu nombre.<br />
&#8211; No tiene importancia &#8211; contestó amable la culebra &#8211; Me llamo Sui, lo que en tu idioma significaría «Hermosa Doncella del Atardecer». Lo que pasa es que nosotros usamos palabras cortas con significados extensos. Bueno&#8230; algunos humanos me llaman Tragavenado, pero te aseguro que son exageraciones, porque nunca me como algo tan grande.<br />
&#8211; ¡Gracias Sui, muchas gracias! &#8211; le dijo Darío, tomándola por la cabeza y dándole un cariñoso apretón &#8211; Gracias por que me has ayudado a comprender la dulzura de los niños, la belleza de las flores la grandeza de la vida y su poesía, la importancia de esos grandes descubridores, los poetas. Pero por encima de todo me has ayudado a comprender la estupidez de nosotros, los humanos, que pasamos por la vida adorando falsos dioses, destruyéndonos en la búsqueda de un poder pasajero, retorciéndonos como reptiles, ¡oh! Perdón quise decir humillándonos ante el poder y la fama. Perdiéndonos de todos los aspectos maravillosos que nos ofrece la vida. He aprendido más de esta conversación que todos los conocimientos adquiridos en mis treinta y ocho años de vida.<br />
&#8211; No es para tanto, Darío, no es para tanto &#8211; contestó Sui &#8211; Lo que ocurre es que el ser humano tiende a buscar conocimientos y sin darse cuenta abandona el camino del saber. El conocimiento de las ciencias, de las artes y de los diversos oficios y técnicas sacaron al hombre de las cavernas y lo llevaron a conquistar la tierra y los mares; el espacio lo espera allí infinito; pero mientras ese hombre no vuelva al camino y busque la sabiduría dentro de sí mismo, no habrá completado su misión en el torrente de la vida.<br />
&#8211; Lucena, Lucena &#8211; la voz Ingeniero Sánchez retumbó en el llano como un ciclón, arrancando a Darío de aquel lugar y enviándolo al vacío ciego del letargo &#8211; Lucena, baje los pies del escritorio, imagínese que llegue el Decano y lo encuentre así.<br />
&#8211; Disculpe Doctor &#8211; dijo Darío con la torpeza de quien despierta de un profundo sueño. &#8211; Disculpe, me quedé dormido &#8211; diciendo esto se levantó y se dirigió al pasillo con pasos confusos, se detuvo en la puerta para tomar aliento y echó a correr como quien ve a un amigo a lo lejos.<br />
&#8211; Lucena, Lucena ¿A dónde va? &#8211; le gritó el Ingeniero &#8211; Lucena, espere&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Pero Darío ya no escuchaba la voz del Ingeniero. Ya no escuchaba el ruido de los carros que salían del estacionamiento, ya no escuchó la voz del vigilante que trató de detenerlo a la salida de la Universidad; ya sólo escuchaba su voz diciendo tenuemente:<br />
&#8211; Espérame Sui para continuar conversando acerca de las cosas sencillas de la vida.</p>
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		<title>EL VIAJERO</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Apr 2010 04:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admhelios]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Durante millones de años fui un ser de luz, flotando en el cosmos infinito, explorando los rincones de las más remotas galaxias, viajando en los torrentes magnéticos que mueven los astros, ayudando a darle un poco de luz a los lúgubres agujeros negros. Asistí a tantos partos de estrellas que me ciento padrino de la [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Durante millones de años fui un ser de luz, flotando en el cosmos infinito, explorando los rincones de las más remotas galaxias, viajando en los torrentes magnéticos que mueven los astros, ayudando a darle un poco de luz a los lúgubres agujeros negros. Asistí a tantos partos de estrellas que me ciento padrino de la mitad de la galaxia.<br />
Llegó entonces el momento de encarnar, de tomar forma humana y allí estaba yo prisionero dentro de una placenta. Pasaron los meses y al fin logré salir. Me recibió el doctor, levantándome por mis piecesitos y estampándome una palmada ahí donde ustedes saben, le dijo a mi padre que se trataba de un varón y que lucía completamente sano.<br />
Disfruté mucho de mis primeros años; porque fui muy acertado al escoger a mis padres y hermanos. Siempre fueron seres positivos y alegres; alejados de la envidia y de los grandes afanes materiales, dedicaron su vida terrena a nobles ideales sin hacer gala de ellos, fueron personas humildes y con una gran franqueza que los acompañaba a donde quiera que iban.</p>
<p><span id="more-207"></span></p>
<p>Luego vino el aprendizaje; la escuela, el bachillerato, la universidad. ¡Que difícil resulta aprender lo que ya sabemos!. La juventud, los compromisos, la madurez. Sin darme cuenta me perdí en el laberinto humano, olvide quien era y de donde venia, llegué a pensar que no era más que lo que veía en el espejo. Rodé arrastrado por mis pasiones, dedique mi vida a acumular riquezas materiales, a disfrutar los placeres efímeros, a perseguir el poder y la gloria. He sido poderoso y respetado por todos pero en estos últimos ochenta y cinco años no he sido capaz de dar un poco de felicidad a nadie, no me he hecho más sabio de lo que antes era.<br />
He sido presa de toda clase de temores; miedo a perder mi fortuna, a la vejez y al fantasma de la muerte.<br />
Hoy recuerdo todo, mi vida terrena sólo ha sido un mal sueño del cual he despertado. Parado frente a la tumba donde hace poco sepultaron los restos del cuerpo que utilicé en esta tierra, estoy listo para continuar mi viaje y si volviera a encarnar algún día, trataré de no olvidar, que soy un ser de luz en un viaje infinito por el espacio y el tiempo.</p>
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		<title>TODOS PODEMOS VOLAR</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Mar 2010 04:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admhelios]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<br /><p>Soledad  iba corriendo por entre las rocas que bordeaban la playa,  subía y bajaba en las ondas de arena, igual que un tractor. Sus ojos  saltones miraban aquí y allá; ahora al horizonte, ahora al puerto, luego  a un ermitaño que pasaba con su caracol a cuestas.<br />- Que tonto es el  Ermitaño - pensó - Con su casa de aquí para allá todo el tiempo, en  lugar de dejarla en un rincón y salir a recorrer el litoral. ¡Se ve tan  ridículo!, como esos nuevos ricos que vi el otro día en Vista al Mar,  arrastrando de un lado a otro su motor-home. </p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Pensando estas cosas se distrajo y metió una de sus patas&#8230; ¡Oh Perdón! Mi querido lector, perdona mi falta de consideración; olvidé decirte que Soledad es una cangrejita de color marrón que al verla hace pensar que es de madera; por lo que su padre desde pequeña la llamó «Cangrejita de Palo»; no sólo por el color sino por sus movimientos rígidos y sus pasos atropellados.<br />
Pero volvamos con Soledad y su pata atascada en la grieta de una roca.<br />
&#8211; No, no otra vez &#8211; pensó &#8211; ¡Hasta cuando! Paso más tiempo atascada que caminando, ojalá pudiera volar como el Pelícano o como la Tijereta<br />
Ayudándose con otras dos de sus patas logró salir del problema y continuó caminando hasta bajar de la roca y continuó por la arena hasta un promontorio más adelante. <span id="more-227"></span><br />
&#8211; ¡Volar! Sus pedunculados ojos se llenaron de luz y rotaron como las aspas de sendos molinos de viento &#8211; Volar ¡Claro!, volar y conocer mundos lejanos. Volar hasta lo más alto del cielo y traerse una estrella. Volar y ser libre. Volando seré famosa, porque seré la primera cangreja que lo hace. Todos los animales y personas me admiraran como la Amelia Earhart del reino animal. Pero&#8230; no, no, de ninguna manera. Ella voló en un aeroplano, mientras que yo volaré como un pájaro, como una Gaviota, como el Cóndor de los Andes; sin avión, sin planeador, sin nada.<br />
Sin darse cuenta, había estado pensando en voz alta y todos las animales de la playa le escuchaban. Se miraban unos a otros desconcertados. Las Ostras reían y a un Mejillón le dio hipo de tanto reír.<br />
&#8211; La Cangrejita de Palo se volvió loca &#8211; dijo el Playerito a la Mula de Agua, antes de tragársela entera.<br />
&#8211; ¿Volar? ¡Bah! &#8211; dijo el Pelícano que flotaba medio dormido cerca de la orilla; pero le dijo tan fuerte que Soledad lo escuchó.<br />
&#8211; Sí, volar, pájaro bobo &#8211; le replicó furiosa &#8211; Volar más alto que tú, pajarraco estúpido, manojo de plumas enmohecidas. Volaré ya verás cuando lo haga. Ya verán todos &#8211; dijo esto girando en derredor para que todos la escucharan.<br />
&#8211; Volaré tan alto como el viento.<br />
Diciendo esto, corrió a refugiarse a la orilla del caño; allí tenía una cueva de descanso donde se metió a masticar su rabia y frustración por no haber podido volar allí mismo y dejarlos con cuatro palmos de narices.<br />
Dormitó un rato pero su inquietud la hizo salir de la cueva. Al llegar afuera vio su figura reflejada en el agua del caño y mirándose con detenimiento dijo:<br />
&#8211; Volar ¡Claro!. Si las aves solo tienen dos alas. Si yo tuviera un ala por cada pata, sin duda volaría más alto y con mayor gracia.<br />
&#8211; ¡Uhm! &#8211; la interrumpió el Agua inmóvil del caño &#8211; Disculpa Soledad, pero te veo preocupada.<br />
&#8211; ¡Ah! No es nada; son esos animales de la playa. Me molestan, son unos tontos, fíjate que se rieron de mí porque dije que volaré.<br />
&#8211; ¡Ah! Es eso &#8211; contestó el Agua en tono despreocupado &#8211; Escuché algo mientras dormía mi siesta.<br />
&#8211; Dime, Hermana Agua, ¿Tú que opinas? &#8211; preguntó Soledad en busca de aprobación.<br />
&#8211; ¡Bueno! Volar es importante para algunos, mientras para otros no significa nada. Por ejemplo, para mí es indispensable; volando convertida en vapor y luego en lluvia puedo distribuirme por todos los confines del planeta, llevando vida a todas partes. Pero también disfruto correteando en las quebradas y en los ríos, desde las altas montañas hasta el mar, que soy yo misma y aún así gozo jugando con las arenas y golpeando las rocas.<br />
&#8211; No me cambies la conversación &#8211; replicó Soledad &#8211; Para ti es muy fácil, para ti que gran parte de tu existencia te la pasas en las nubes, para ti que dispones de tanto tiempo, de todo el tiempo porque eres eterna y&#8230;<br />
&#8211; Y tú también eres eterna &#8211; la interrumpió el Agua &#8211; Lo que pasa es que te aferras a ese cascarón, como si fuera lo único que tienes. Todo lo que hay en el universo es tuyo, te pertenece por derecho. Basta con que estires tus tenazas y lo tomes. Pero no esas tenazas que tienes adelante, sino las de tu mente, las de tus sueños y tus ilusiones. Mientras te quedes ahí dentro de ese cascarón, no volarás. Además tú quieres volar para despertar la envidia ajena, la admiración, esa hipócrita. No te impongas límites, vuela, vuela libre como el mismo viento, olvida tu cuerpo e ignora el éxito, vuela con tu mente, pues llegará el día en que serás sólo eso, una mente flotando en el tiempo y el espacio infinito. Esfuérzate, mas no por elevar esa pesada caparazón, sino por elevar tus pensamientos, que se mantengan siempre en lo más alto del cielo. Esto no te traerá el éxito; pero te permitirá ser autentica y con ello comprenderás las cosas más complejas y las más sencillas de la vida.<br />
&#8211; Gracias Hermana, gracias &#8211; dijo Soledad con cierta vergüenza &#8211; He sido muy tonta buscando lo que ya tenía.<br />
&#8211; Que no te importe &#8211; contestó el Agua &#8211; No te aflijas por lo pasado, ni te preocupes por el futuro, pues él vendrá; ocúpate en vivir el presente, el hoy en toda su plenitud y vuela, vuela todo lo alto que te lleven tus ilusiones.<br />
Desde ese día, nuestra amiga ha vivido en la cumbre más alta de sus pensamientos. Ha comprendido al Ermitaño y a las Ostras y a todos los seres que aún pareciendo desvalidos, al igual que ella, pueden volar en el universo de las ilusiones. Ha comprendido que la vida misma, no importa cuan real nos parezca, es tan sólo una ilusión.</p>
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		<title>EL SATIRO DEL BAJIO</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Mar 2010 04:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admhelios]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">- Si me lo permiten, les voy a contar una historia que escuché de mi abuelo -<br /><br />dijo el viejo con cierta timidez; al punto que arrimaba el taburete a la rueda que habían formado los estudiantes para contar chistes y pasar el rato antes de dormir. ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211; ¡Cómo no maestro! ; pero eso sí, que sea de muertos y aparecidos -dijo uno de los muchachos para animar al viejo.</p>
<p>&#8211; ¡Caramba mozo!, no lo voy a poder complacer &#8211; respondió el viejo como lamentándose &#8211; Pero es de Sátiros y Duendes, que al fin también se aparecen, aunque dicen que nunca se mueren.</p>
<p>El viejo se acomodó en la rústica silla, escupió la bolada de chimó que había estado saboreando y comenzó su relato.</p>
<p>&#8211; Ahí mismo donde llaman El Bajío, hace mucho tiempo, había un lago. Esto fue mucho antes que llegara el español a estas tierras. Todo alrededor era montaña y espesura, como una selva, donde había toda clase de montes y animales. En el centro del lago se veía un pueblo hecho con chozas de madera con techo de palma, las gentes que allí vivían clavaban varas en el fondo del lago y sobre ellas construían las chozas y hasta hacían calles para ir de una a otra. En verdad todos eran Duendes que cuidaban a una Princesa que vivía dentro de la montaña que hoy llaman Cerro Gordo. La Princesa era la soberana de las aguas y junto con sus Duendes se ocupaba de formar ríos y quebradas,, de controlar las lluvias y el rocío, para que floreciera la vida en todos los alrededores, hasta muy lejos más allá de las montañas. Se les pasaba la vida cargando nubes con agua limpiecita, para enviarlas ahora a los llanos, ahora para la costa. Fabricando la nieve y la escarcha para los picos más altos de la Cordillera Andina. Las aguas salobres para los ríos del Norte, las aguas oscuras para los ríos del Este, las rojizas y ambarinas para las quebradas del Oeste.<span id="more-208"></span></p>
<p>Todo era trabajo y armonía; todo, hasta la más pequeña gota de agua se hacía cantando y fue allí donde el agua aprendió las canciones, que todavía hoy, si paramos bien la oreja, las podemos escuchar; todo era muy bonito y por bonito fue que despertó la envidia de un Sátiro que vivía hondo muy hondo en la tierra. El Sátiro era una criatura dañina y muy fea. Figúrense que tenía dos paticas como de chivo y hasta cara de chivo tenía y un cuerpecito fruncido, con aquellas manotas; muy de cuando en cuando salía de su escondite a comerse el monte y los animales. Era tan dañino que hasta sin hambre comía, nada más por destruir. Le molestaban los cantos de la Princesa y sus duendes y le daba envidia tanta belleza; porque la Princesa ni se diga, era un sol y adornada con joyas bellísimas que le daba la naturaleza en gratitud por sus atenciones. Pero hasta los Duendes, aunque chiquiticos, eran simpáticos con sus liquiliques blancos y aquellos sombrerotes de palma; siempre limpiecitos. La montaña por dentro era de diamantes y rubíes, con los caminos hechos de oro puro.</p>
<p>Fue esa envidia, la que animó al Sátiro a raptar a la Princesa y llevársela hasta su escondite. Aprovechó un descuido de los Duendes y se la llevó por la tierra para adentro. Desde ese momento la Princesa comenzó a llorar y llorar y todo se tapó de agua, todo quedó debajo del agua, hasta las montañas y pasó así mucho tiempo, sin que las aguas bajaran; porque era que los Duendes también lloraban, los pobrecitos.</p>
<p>Hasta que la tierra por fin se estremeció y las montañas se alzaron por encima del agua obligando al Sátiro a vivir dentro de Cerro Gordo, donde todavía vive con las joyas de la Princesa y con todo ese oro y diamantes.</p>
<p>La Princesa murió de tanto llorar, el lago se secó y los Duendes se reúnen de vez en cuando para hacer alguna lluvia, pero como nunca aprendieron los secretos de las aguas, cuando no les sobra, les falta.</p>
<p>El Sátiro ahí está preso entre riquezas, pero preso al fin. De vez en cuando trata de volver para su escondite; pero ya no tiene fuerzas como antes. Cuando él está tratando se sabe porque se ve esa humareda saliendo de la tierra; ese es él que se calienta cuando ve que no puede. Lo jartón si no lo ha perdido, figúrense que hay gente que dis´que para apaciguarlo les han puesto sacos de maíz, cochinos, gallinas, terneras y en una noche, se ha comido todo eso y ni sobritas deja. Mi compadre Encarnación le llevó un arreo de mulas, cargadas con cambures, maíz, quince pavos y hasta unos sacos de guaje indio; pero llegó tarde. Cuando comenzó a descargar, el bicho desde adentro se comió la carga con todo y mulas; que a mi compadre si no corre se lo come también.</p>
<p>Por eso es que en El Bajío nada ha progresado, porque mata que siembran, viene el Sátiro y desde abajo le come la raíz y al ganado le ruñe los cascos hasta que lo deja manco y cuando se sienta se lo come también.</p>
<p>&#8211; Y&#8230; ¿Usted lo ha visto, Maestro? &#8211; interrumpió uno de los oyentes.</p>
<p>&#8211; ¡No, Dios me ampare! -respondió el viejo haciéndose cruces &#8211; Que la Virgen bendita me proteja. Pero a los Duendes sí, a esos estoy cansado de verlos por dondequiera. Ellos se reúnen cuando van a hacer lluvias, ahí mismito, donde mientan Piedra Santa, después de la vuelta del Pozón; esa piedra grandota que se ve desde el camino, decía mi abuelo que era parte del trono de la Princesa y que cuando la tierra tembló vino a caer en ese punto y por eso allí hay un ojo de agua bien dulcita.</p>
<p>&#8211; ¡Muy bien, Maestro!, Muy interesante su historia &#8211; dijo uno de los muchachos, aplaudiéndole &#8211; ¡Muy bien!</p>
<p>Todos los presentes aplaudieron entusiasmados.</p>
<p>&#8211; Yo sé &#8211; dijo el viejo, en tono muy firme &#8211; Yo sé que ninguno de ustedes cree en lo que les he dicho, pero eso no importa; porque cuando mi abuelo me contaba esta y muchas otras historias y leyendas, yo tampoco le creía.</p>
<p>&#8211; ¿Pero como no le vamos a creer? &#8211; dijo otro muchacho.</p>
<p>Y antes de que pudiera agregar algo mas, el viejo lo interrumpió:</p>
<p>&#8211; Ustedes estudian en la Universidad, vinieron de pasadita por una práctica de campo, como ustedes dicen; allí les enseñan ciencias y muchas otras cosas importantes; pero es el tiempo, mozo, el tiempo es el que nos enseña a aceptar lo que de verdad creemos. ¿No les parece?.</p>
<p>Nadie tuvo una respuesta para el viejo, fue él mismo quien se respondió mientras echaba a caminar hacia El Bajío.</p>
<p>&#8211; Ustedes me creen; pero también creen que no me creen.</p>
<p><!--[endif]--></p>
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		<title>REFLEJOS</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Mar 2010 04:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admhelios]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">A las orillas del Río Turbio, conocido entonces como Varekisimeto, vivían muchos sapitos. Había entre ellos una sapita a quien por lo inquieta, todos llamaban Chin-Chin, aunque su verdadero nombre era Bibi tal como la llamara su hermanita desde el día en que nació.<br />Faltaban más de cien años para que a esas tranquilas tierras llegara la vorágine devastadora de la conquista. Todo era tranquilidad, verdor y belleza. Los indígenas amaban a la naturaleza tanto como Bibi y sus hermanos. ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Bibi pasaba días enteros bañándose en el río y en los charcos que se formaban con la lluvia, cuando no correteaba entre el pasto cazando grillos y mosquitos. Así era la vida a orillas del río de aguas oscuras, color ceniza. Bibi le cantaba a la lluvia y junto con sus parientes ejecutaba magistrales conciertos que arrullaban a todos los moradores del lugar. A veces, cantaban hasta la madrugada y todos dormían hasta el mediodía, todos excepto Bibi que al igual que todos los días se levantaba apenas salía el sol.</p>
<p style="text-align: justify;">Uno de esos días cuando el sol sale más temprano. Bibi despertó e inmediatamente fue a orillas del río para darse su primer chapuzón. Fue grande su sorpresa cuando al llegar vio reflejado en el agua, un paisaje que le era desconocido a la vez que familiar. Aquella visión era tan real que podía sentir el clima, percibir los olores, escuchar los sonidos y las voces que provenían de allí.<br />
&#8211; Estoy soñando -pensó- Si, tengo que estar soñando.<span id="more-225"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Se lanzó al agua para despertar y cual sería su sorpresa al verse dentro de aquel paisaje. Era el mismo río pero ya no había peces ni otros sapos, en verdad eran pocos los animales que se podían ver alrededor. Vio en la otra orilla como un hombre blanco con extraño ropaje prendía fuego al monte. Sintió que su cuerpo estaba cubierto de una sustancia aceitosa y maloliente. A lo lejos había una choza enorme que despedía humo por la punta de una caña. Cerca pudo ver un camino cubierto por una tierra negra y caliente que le era desconocida. Todo era muy extraño, ya no había indígenas, las gentes eran muy raras y pasaban como celajes metidos en unas cajas ruidosas que dejaban estelas de humo poco visible pero muy irritante.<br />
Hacia el otro lado del río pudo ver muchas chozas que le resultaban horribles. Todo era humo, montones de basura y ruidos infernales. El río estaba seco, sólo quedaba un charco aquí y allá; pero aquel hermoso caudal que ella conocía, había desaparecido.<br />
Bibi no sabía que por obra de la magia se encontraba en un viaje a través del tiempo, llegando al mismo lugar pero en 1.980. Presa del miedo subió a la orilla, se tendió sobre la hierba y cerrando los ojos se quedó inmóvil.</p>
<p style="text-align: justify;">Luego de un rato sintió que la llamaban:<br />
&#8211; Bibi, Chin-Chin. Despierta, ¿Qué té pasa?, pareces asustada. &#8211; Era un sapito amigo suyo que había ido a bañarse al río.<br />
Bibi abrió los ojos y vio que todo estaba igual que siempre. Estaba en su paraíso, había regresado.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Nada, nada Tuc-Tuc &#8211; dijo Bibi emocionada &#8211; Fue una pesadilla, soñé que estaba en el infierno. Vamos, vamos a nadar en este hermoso río. Disfrutemos de todo esto que nos ha dado la más sabia y hermosa de las madres, la naturaleza.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>ROSALINDA Y MARGARITA</title>
		<link>https://heliosdepaz.com/rosalinda-y-margarita/</link>
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		<pubDate>Wed, 24 Mar 2010 04:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admhelios]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">- Lo que te digo Margarita, un bocado a la vez y despacito.<br />- Si Rosalinda pero es que me molestó mucho la habladera de pistoladas que tenían las dos viejas esas. ¡Ah! Es que me caen tan mal las gringas. <br />- Cálmate, Margarita, que yo también las tengo en la mira, vas a ver que un día de estos las arreglo.<br />- Ay! Rosalinda tu tienes la paciencia de un morrocoy <br />- No tanto, lo que pasa es que una aprende poco a poco a esperar la oportunidad para cada asunto. Tu no me comprendes porque eres muy joven, pero ya llegará tu tiempo, ya verás...  ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211; Disculpa que te interrumpa, Rosalinda, pero&#8230; ¿Supiste el lío que le formó el patrón al encargado esta mañana?<br />
&#8211; No, yo escuche que estaban discutiendo pero desde allá dentro no entendí que hablaban.<br />
&#8211; Figúrate, Rosalinda que el patrón le dijo al señor Justino que si no empieza a producir dos mil litros diarios, lo va a despedir y pone de encargado al portugués Joao; y si no aumenta la producción aquí no va a quedar nadie.<br />
&#8211; ¡Ay Hija! No te preocupes desde que yo llegué, y soy de las más antiguas, no he escuchado otro cantar, siempre es el mismo cuento; el patrón llega por ahí, forma tremendo brollo, nos cargan a palos unos días y después el patrón regresa en su avioneta a la capital, el señor Justino se calma y el pobre señor Joao se queda con las ganas de ser jefe. Así, todo vuelve a quedar igualito que antes.<span id="more-211"></span></p>
<p>&#8211; Pero esta vez, Rosalinda, si como que va en serio.<br />
&#8211; Tan serio como siempre Margarita verás que tengo razón. Hoy mismo comienzan a beber; porque seguro el patrón se trajo sus cajas de whisky y como esta vez no lo acompañan ninguna de las mujercitas que ha traído en otras oportunidades, que parecen sacadas de&#8230; ¡bueno! Mejor no te digo de donde; son las propias bichitas, yo no entiendo como puede haber hombres con esos gustos. Para esta noche el patrón ya estará borracho, mañana ya andará brindando al señor Justino y a Joao y, por muy lejos, en dos días emborrachará a toda la peonada; dejando el negocio a la buena de Dios.<br />
&#8211; Y&#8230; ¿cómo sabes tú todo eso?<br />
&#8211; ¡Ay mi cielo! Porque lo he visto, no una, ni dos, sino un montón de veces. Todavía medio borracho, el patrón agarra su avioneta y se va, ¡claro! No sin antes echarle la misma retahíla de esta mañana al encargado y soltarse con tremendo discurso sobre la crisis económica y todas esas pistoladas, para frenarle cualquier aspiración de aumento de sueldo que tengan los empleados.<br />
&#8211; ¡Cónchale Rosalinda! Tú si eres una cosa seria. ¡Cómo te gusta darle a la lengua!<br />
&#8211; No chica, si yo soy muy discreta. ¡Con todas las cosas que he visto aquí y en otras fincas! Que no son del patrón solamente, porque te diré que él tiene varios socios a quienes roba despiadadamente; pero eso a ellos no les importa porque todo lo que tienen es robado también y lo peor es que esos meten la mano en el erario público.<br />
&#8211; Y&#8230; ¿Qué es eso? Rosalinda.<br />
&#8211; ¡Cómo eres ignorante, Margarita! ¿Tú crees que te voy a durar toda la vida?. El erario público es el dinero acumulado del cobro de impuestos y de las ganancias de las empresas del estado. Lo que pasa es que muchos políticos creen que el pueblo los pone en cargos de gobierno para que se llenen los bolsillos. Porque el país sufre del mismo mal que esta finca; el patrón le roba a los socios el dinero que ellos le roban al pueblo, el señor Justino roba al patrón; Joao –cuando le dan chance- también roba; hasta los peones que tienen un sueldo miserable, se llevan para su casa todo lo que esté despegado del suelo. Como tú comprenderás nadie denuncia a nadie, porque bien lo dice el refrán. El que tiene rabo de paja no se arrima a la candela; y aquí todos tienen su rabo de paja.<br />
&#8211; O sea que aquí las únicas honestas como que somos nosotras.<br />
&#8211; Hasta eso es relativo, porque no se es honesto evadiendo la responsabilidad de hacer algo, aunque sea poco, por mejorar la situación que nos perjudica a todos. Si no hacemos algo, nos convertimos en cómplices.<br />
&#8211; ¿Qué podemos hacer nosotras?<br />
&#8211; Imagínate que nos declaráramos en huelga; sería algo sin precedente; la prensa del mundo entero nos seguiría de cerca; estallaría en grandes encabezados: HUELGA LACTEA AMENAZA CON DERROCAR AL GOBIERNO, POR PRIMERA VEZ EL PAIS SE HA QUEDADO SIN LECHE, SUFREN LOS POLITIQUEROS POR LA ESCASES DE QUESO, LOS MEDICOS SE SUMAN A LA HUELGA LACTEA.. ¡Bah! Pero total de nada serviría, porque nadie nos escucha.</p>
<p>Las dos bóvidas amigas se encaminaron hacia el corral «h», haciendo sonar sus cascos sobre el piso de la vaquera.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>CAZADOR CAZADO</title>
		<link>https://heliosdepaz.com/cazador-cazado/</link>
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		<pubDate>Thu, 18 Mar 2010 15:32:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admhelios]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">De esos recuerdos que el tiempo y los traspiés no logran borrar viene a mi mente ahora uno, muy particular, que los años tan sólo han podido hacerme cambiar de óptica; era en aquellos años en que pasaba el tiempo perdido en el bajío, o subía por la Quebrada de la Virgen siguiendo el aroma de las pomarrosas maduras, no había que ser grande para alcanzar las guayabas maduras, las parchitas de concha dura, los fragantes cambures. En aquella tierra mágica de mis sueños de niño conocí muchos personajes pero ninguno tan valiente, audaz y arrojado como Don Nicanor Morales; cazador desde muy joven, se contaban de él las hazañas más inverosímiles. Pero era su porte recio el que daba fe de la certeza de aquellas historias que toda la comarca repetía una y otra vez.  ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Escuché asombrado de cómo Don Nicanor había peleado con un tigre, venciendo a la fiera después de una cruenta lucha para lo cual sólo se ayudó con un lanza valenciana; de cómo enlazaba a un venado matacán y lo dominaba para rematarlo de un certero machetazo en la yugular; de cómo había enfrentado a varios osos frontinos que merodeaban su conuco. El hombre ere diestro con el cuchillo, con la lanza, con el machete y ni se diga con la escopeta pues aseguraban los pocos que lo habían visto en esas faenas que le pegaba a una guacharaca a ochenta metros sin mucho apuntar. Para seguir la huella de un animal era más efectivo que el mejor perro de cacería, lo rastreaba minuciosamente, lo acorralaba para, con un sólo disparo de su bácula calibre 12, darle muerte sin causarle, según su juicio, mayor dolor.<span id="more-212"></span></p>
<p>Cuando yo escuchaba aquellas fantásticas historias, sin perder mi admiración por aquel hombre, me preguntaba que cosa tan terrible le habían hecho aquellos animales para desatar tanta furia. Cuando veía un venado, o un puma, un cachicamo, o cualquier otro de aquellos prodigios de la naturaleza, mi mente de niño entraba en conflicto, buscaba comprender aquel contrasentido. Es claro que en aquel entonces yo no conocía el refrán que dice que la necesidad tiene cara de perro. Don Nicanor como tantos campesinos de nuestra tierra se convierten en depredadores de la fauna silvestre como único modo de conseguir la necesaria proteína animal para la subsistencia de los suyos; y es justo decir que en la mayoría de los casos causan un leve daño al ecosistema si lo comparamos con la acción de los cazadores deportivos o seudodeportivos.</p>
<p>Era de todos conocido que aquel cazador jamás le daba muerte a una hembra en cinta, cazaba sólo lo que necesitaba para su casa y cuando le dio muerte a tigres fue por cuestiones fortuitas donde se vio forzado a luchar por su vida.</p>
<p>Las gentes solían animarlo para que buscara al Salvaje, fiera terrible que azotaba los caseríos y al decir de todos raptaba a las mujeres para cohabitar con ellas; el ladino animal lamía incesantemente las plantas de los pies de sus víctimas hasta debilitar su piel lo suficiente para que no se pudieran poner en pie. Don Nicanor con una leve sonrisa les decía que llegado el momento lo encontraría preparado; nadie lo dudaba, todos imaginaban al Salvaje luchando inútilmente por su vida hasta ser abatido por el temible cazador. Los más escépticos insinuaban discretamente que ni Don Nicanor, a quien respetaban, era capaz de vencer aquella temible fiera mitad hombre y mitad oso al cual describian como un oso frontino de mayor tamaño de pelambre blanca y cara de hombre, capaz de dominar con la sola mirada a cualquier hombre o animal.</p>
<p>El momento, como decía Don Nicanor, llegó un sábado al atardecer cuando el cazador como todas las semanas iba por La Montañuela con rumbo a la Fila de los Membrillos donde sabía que para las primeras horas de la madrugada podía cazar dos lapas y regresar a tiempo para acudir a misa de diez en la iglesia del pueblo. Esa había sido su rutina durante muchos fines de semana y por muchos años; había sido pero no lo fue más. Montaña adentro en un oscuro paraje se topó con El Salvaje, a pocos metros, no más de diez estaba la fiera, como si lo hubiese estado esperando mucho rato. Allí mismo se dio la encarnizada lucha, no se sabe hasta hoy cuanto duró; del Salvaje no se volvió a saber y Don Nicanor después de llegar casi desnudo, con laceraciones en todo su cuerpo, después de pasar un mes en cama con calentura, en medio de delirios agónicos ; fue muy poco lo que dijo de tan cruenta batalla. Aseguró, a sus más íntimos, que a pesar de su esfuerzo no pudo darle muerte al animal, dijo estar muy cierto de haberle dado dos tiros en el corazón y que inmediatamente después de cada uno el animal se llenaba las heridas con hojas y le gritaba – Te vo a joder, te vo a joder – Juró haber peleado como los bravos y que no recordaba cuando empezó a correr o cuando aquella fiera dejó de perseguirle.</p>
<p>Después de aquel evento pocas veces ví a Don Nicanor Morales, aquella imagen de hombre rudo había desaparecido para dar paso a un anciano apocado y temeroso, a quien si veía más a menudo era a su esposa cuando había matanza de ganado e iba como todos los parroquianos a comprar carne para su sustento.</p>
<p>Muy buena parte de mi vida la he pasado en el campo, he caminado por las serranías donde habitan las ínfimas poblaciones de osos frontinos que a duras penas sobreviven a la devastación, he escuchado su rugido – eoauoeer – No le he temido pero si me llega el momento de toparme con un oso albino estaré preparado como solía decir Don Nicanor, y si es tan feroz como el que él enfrentó seguramente al igual que él lo hizo: correré por mi vida.</p>
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